Hace un tiempo, no demasiado, se me presentó una circunstancia en la que tuve que tomar una decisión. Elegir entre A o B. Odio tomar este tipo de decisiones, soy insegura, trabajo mal bajo presión, me pongo incomoda. Fantaseé con dejar todo como estaba, esconderme bajo un sillón y esperar a que pase el tiempo. Sin embargo, no lo hice: esta vez elegí. Me deje guiar por mi corazón e hice lo que sentía, lo que REALMENTE creí que era lo que me iba a hacer feliz, ni siquiera pasó por mi mente, fue todo sentimiento.
Ahora, unas semanitas después, me doy cuenta de que me equivoqué. Mi corazón tomo una decisión equivocada y la opción que elegí no era la correcta: no solo no me hizo bien, sino que me lastimó un poco. Afortunadamente, pude detener todo antes de que me lastime demasiado. No se si estoy a tiempo tomar la otra alternativa, espero. Sino, no importa: ya habrá más. Aprendí. Bastante. No me arrepiento, porque hice lo que sentia, y tampoco no estoy enojada con mi corazón, bastante inexperto es. Todavía nos quedan varias batallas contra el vacío.
La alegría del findesemana se desvanece lentamente. No es que este triste, es que estoy en un estado rutinario. Estoy bien.